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domingo, 6 de diciembre de 2009

LOS HAITISES


SONAJERO


Huelgas y Los Haitises
Grisbel Medina R. - 12/3/2009

Los bombazos lacrimógenos las obligaron a guarecerse en casa de abuela Aida, único techo próximo a la perversa respuesta policial contra las mujeres que clamaban liberación de sus esposos.
Como pudo, mi vieja repartió vinagre para calmar el picor y ordenó a los nietos rezar el Salmo 91. “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Mi Dios, en quien confiaré, él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora, con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro”, repetimos en medio de aquel apiñado refugio de llanto e impotencia que mi abuela aplacó con oración y la fe del acético.
En otra época, en una huelga crispada por el dolor de un joven acribillado, la uniformada reprimió la multitud que clamaba justicia en el ensanche 27 de Febrero. Los cartuchos de bombas y tiros intentaban bajarle el pulso a la aguerrida comunidad francomacorisana.
Y entonces, cuando la vecindad se trancó a ‘jacha y machete’, mami abrió las puertas para que entrara titirimundati. El llanto y los gritos palpitan en mi recuerdo. Quién le diría a mi madre que el vinagre alienta el ardor que sofocó a tanta gente. Al otro día, recogimos los casquillos fríos de la pólvora tantas veces rociada en las venas de mi pueblo.
Las protestas están cosidas a nuestras vidas. Los gobiernos dejan claro que si no se prende una goma no levantan una escuela. Los últimos años registran manifestaciones creativas, otras maneras menos peligrosas para canalizar la queja. Anote ahí la kilométrica caminata de El Peregrino de Dajabón y el encadenado de Santiago para hacer valer el derecho de deportados.
En el reciente manifiesto de descontento, se unieron las manos y corazones de un país gobernado por un Presidente ambivalente que acomoda su discurso de acuerdo a la platea prosódica. La juventud y los mayorcitos que se gozaron el concierto Por los Haitises, en Santo Domingo, inflaron las venas de una valiente oposición a la cementera que se pretendía construir sobre la principal reserva de agua de esta república tan platanera como querida.

Con campamentos acosados por la uniformada, las calcomanías “Los Haitises también son míos” y “Los Haitises: innegociables” en vehículos y camisetas, se bordó gracias a las redes sociales, la bendita coraza de una campaña sin precedentes a favor del patrimonio ambiental.

Digan lo que digan, la mayoría de la minoría que no se amilanó ante el permiso del ministro de Semarena rubricado por el “buen ojo” del Presidente, no tienen velas ni acciones en otras empresas. Estoy muy feliz no solo porque el proyecto del Consorcio Minero es inviable en Los Haitises, sino porque la protesta sin piedras ni gomas humeantes vistió la esperanza nacional con las flores de la lucha, la perseverancia y la solidaridad.
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LOS HAITISES


SONAJERO


Huelgas y Los Haitises
Grisbel Medina R. - 12/3/2009

Los bombazos lacrimógenos las obligaron a guarecerse en casa de abuela Aida, único techo próximo a la perversa respuesta policial contra las mujeres que clamaban liberación de sus esposos.
Como pudo, mi vieja repartió vinagre para calmar el picor y ordenó a los nietos rezar el Salmo 91. “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Mi Dios, en quien confiaré, él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora, con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro”, repetimos en medio de aquel apiñado refugio de llanto e impotencia que mi abuela aplacó con oración y la fe del acético.
En otra época, en una huelga crispada por el dolor de un joven acribillado, la uniformada reprimió la multitud que clamaba justicia en el ensanche 27 de Febrero. Los cartuchos de bombas y tiros intentaban bajarle el pulso a la aguerrida comunidad francomacorisana.
Y entonces, cuando la vecindad se trancó a ‘jacha y machete’, mami abrió las puertas para que entrara titirimundati. El llanto y los gritos palpitan en mi recuerdo. Quién le diría a mi madre que el vinagre alienta el ardor que sofocó a tanta gente. Al otro día, recogimos los casquillos fríos de la pólvora tantas veces rociada en las venas de mi pueblo.
Las protestas están cosidas a nuestras vidas. Los gobiernos dejan claro que si no se prende una goma no levantan una escuela. Los últimos años registran manifestaciones creativas, otras maneras menos peligrosas para canalizar la queja. Anote ahí la kilométrica caminata de El Peregrino de Dajabón y el encadenado de Santiago para hacer valer el derecho de deportados.
En el reciente manifiesto de descontento, se unieron las manos y corazones de un país gobernado por un Presidente ambivalente que acomoda su discurso de acuerdo a la platea prosódica. La juventud y los mayorcitos que se gozaron el concierto Por los Haitises, en Santo Domingo, inflaron las venas de una valiente oposición a la cementera que se pretendía construir sobre la principal reserva de agua de esta república tan platanera como querida.

Con campamentos acosados por la uniformada, las calcomanías “Los Haitises también son míos” y “Los Haitises: innegociables” en vehículos y camisetas, se bordó gracias a las redes sociales, la bendita coraza de una campaña sin precedentes a favor del patrimonio ambiental.

Digan lo que digan, la mayoría de la minoría que no se amilanó ante el permiso del ministro de Semarena rubricado por el “buen ojo” del Presidente, no tienen velas ni acciones en otras empresas. Estoy muy feliz no solo porque el proyecto del Consorcio Minero es inviable en Los Haitises, sino porque la protesta sin piedras ni gomas humeantes vistió la esperanza nacional con las flores de la lucha, la perseverancia y la solidaridad.